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domingo, 24 de abril de 2016

EL PERGAMINO



              1960, año de nieves y dicen, año de bienes.  Adusto de cara, fiel en sus arrugas y olvidadizo en sus emociones. Sentado bajo el cobijo de un olivo, árbol de vida a orillas del viejo y romántico Mediterráneo, miraba expectante los añejos pliegos de aquel pergamino.
              Su historia no había sido fácil, pero tampoco se salía de lo común. La guerra civil truncó sus estudios, pasó hambre, sintió frío en los silbidos de las balas y durante tres años su única música fué el ensordecedor tronido de bombas y los desgarradores gritos de la inocencia. Convivió con el miedo, compartió noches con la muerte y sintió vida en los escasos silencios.
              Fumador empedernido y noble por ideas, tozudo en la innata terquedad del solitario y generoso en el dar sin pedir dádiva alguna. Enfrentó tormentas y malos vientos, abrazó con sus puños  odios ajenos hasta que sus dientes rasguñaron el alma, caminó y caminó en la revolución de la vergüenza, guardó sus anhelos y ansiedades para un día poder realizar un sueño… El sueño de vivir.

             Y ahora, en sus rodillas estaba el pergamino, el pergamino en el que una vez escribió su sueño…El pergamino de su vida.
             
            Sumergió cuerpo y capacidad en ajenas literaturas, devoró información en los periódicos, recicló basura en las revistas y se nutrió de las letras del mundo. No se rindió, entendió que educarse es amarse, comprendió que leer es saber y ya en el ocaso de su vida…Enseñó lo que muchos, que se decían letrados, ni siquiera podían entender.
            Su pueblo perdió la guerra, pero nunca admitió ser derrotado por una historia que él no escogió. Nunca alimentó la palabra fracaso, jamás sintió la pobreza en su mente ante la falta de recursos y siempre, siempre...Siempre leyó.

           Y ahora, en sus rodillas, estaba el pergamino, el pergamino en el que una vez escribió su sueño…El pergamino de su vida.

           Y lloró…Lloró porque lo había conseguido, lloró porque a pesar de que la guerra apartó la posibilidad de una escuela, a pesar de que el mundo intentó sumirlo en la ignorancia…Él logró saber, ël logró información, él mamó literatura y sintió que en el libro de la vida…Escribió de su puño y letra su epílogo.
            En su lecho, solo dejó el dulce suspiro del saber y solo permitió que una mano sacara de sus labios el último cigarro.
           Un año después, en el mes de julio nació un niño…Y ese niño, hoy escribe una pequeña historia al reconocimiento de un valor…El valor de saber leer, el valor de cultivar esa semilla que todos llevamos dentro y que tú, abuelo,  supiste germinar en lo sublime de lo maravilloso.