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viernes, 11 de agosto de 2017

LA FUENTE DE LOS DESEOS...


            Gime la belleza cuando es cómplice de la caricia, grita el deseo cuando despunta la ilusión, hierve la pasión cuando el sueño casi se toca y llora un alma en el portal de una generosidad. Camina el dedo entre piel y cabellos, suda el labio un beso y recorre una lágrima su viejo trayecto. Respira un aliento su soledad, aguanta el yunque su martillo, pide auxilio el corazón y en un rincón asume su forma fetal el silencio de una vida.
            Un ombligo se esconde y el vientre lo abraza, nada escalofríos el ansia, el pecado duda principios y el latido, se mueve quedito. Surge la imaginación y dibuja una fuente, dispara salvas la razón, llora una nube y el trueno, prende el motor. El agua se ilumina de mil colores, se asusta la serpiente y se aferra a su árbol, sale el topo de la tierra y enseña sus gafas, un viento despega el horizonte y la gárgola del miedo, toma por asalto mi fuente.
            Se acerca un jorobado y maloliente mendigo, extiende la mano y pide un centavo a un traje de oscuro azul que poseía  a lo que parecía, una especie de persona. La persona se lo niega. Se abre la tierra, lo engulle y el mendigo se asombra. Se cierra la tierra.  El cielo cambia de color y desprende su maná, vuela el meteorito y explota en la cola de un cometa, surge el rayo  y detiene su luz a dos centímetros de aquella mano. Bajan las hadas de un cielo lejano y en ella se posan. Sus alitas chispean, sus ojitos miran brillo y sus manitas, acarician ternuras. Baja un ángel envuelto en polvo de estrellas, a su izquierda el cuerno de la abundancia y a su derecha, el portal del primer agujero negro creado. En su pecho se deshoja un libro, el libro de la eternidad escrita. Sus brazos pintan hinchadas las venas del Universo infinito y sus piernas galopan engreídos músculos. Exhibe el ser  fortaleza y guerra, consiente mesura la impertinente arrogancia  y esculpe contorsionada piedra, la leyenda de una nueva alma.
          Endereza el jorobado su vertebral columna, ya sus ojos miran cielo y sus lágrimas son de verdad. Sus manos no pedirán, solo darán. Sus dedos ya no señalarán aceras, caminarán espaldas. Su olor saldrá de las alcantarillas y será fragancia de calles. Se llenaran sus dedos de tinta y en cada alma escribirá su historia. El ángel mira y lo invita. Le enseña el cuerno y en una cajita se lo regala, lo invita a pasar a su derecha, el ex mendigo duda, el ángel lo empuja y el gran agujero negro lo absorbe con toda su fuerza.
         Llega a un nuevo mundo, un mundo regido por los centauros. Se siente uno de ellos, poderoso y firme de convicción. Gran amante y de suprema inteligencia. Noble y cazador, fuerte y de gran vigor, pura sangre de familia y escritor por estirpe. Valedor de principios, negociador de almas y tocador de corazones. Se vio feliz, dichoso y realizado en un mundo extraño. Un día, cansado de ser tan feliz, decidió tomarse un “expresso” en la terraza de un viejo café. Sentado, discutía consigo y en silencio divagaba con sus pezuñas sin herrar y su hermosa crin. De repente, sintió un hormigueo en una de sus patas. Dejó que sus dientes urgaran entre sus pelos  y sorprendido vió una diminuta cucaracha intentando trepar por su poderosa extremidad. Intentó morderla y gritó el diminuto animal como un chasquido de pisada. Se admiró y la miró: Estaba vestida, de un traje azul oscuro que recordaba. La cucaracha lo miraba. Sus ojos salidos a punto de reventar querían hablar pero en ese mundo las cucarachas no podían hacerlo. El centauro comprendió, recordó y le dio una oportunidad. La tomó entre sus dientes, cuidando de no lastimarla, la posó dentro de su taza de café, la cucaracha nadó entre la tibieza de aquellos molidos granos y en la espuma escribió la palabra “perdón”. El centauro entendió y terminó por recordar: “Un día te pedí un centavo, diez veces menos de lo que valía un botón de tu traje y me lo negaste.  Solo quería lanzarlo a esa fuente para que un deseo me concediera, el deseo de ser como tú. Hoy me pides perdón y en mi corazón penetra el cielo, pero ya no quiero ser como tú. Te regalo el cuerno de la abundancia, te regalo una oportunidad, te regalo el don que un día un ángel me dio”.  Y el gran agujero negro invirtió su poder. Succionó al centauro y a la cucaracha. Viajaron juntos hasta el poder de la fuente y la vida repitió su encuentro.

         Un hombre de traje azul oscuro, estaba sentado junto a la fuente. Un jorobado y mal oliente mendigo se le acercó. Alargó su mano. El hombre la tomó, la besó y una moneda le mostró.  En su extrañeza el jorobado lo miró y el hombre no habló, solo de reojo observó el trinar de la fuente y con  aprendida habilidad tiró la moneda, cayendo justo en el centro de sus aguas. El mendigo entendió, caminó y observó el lento viaje de la moneda, hasta posarse elegante en su final. La fuente vibró, cambió colores y chispeó fuegos artificiales. La tierra se abrió y a nadie tragó. Se llenaron de hadas, estrellas fugaces y los cielos de mil mundos abrazaron el acontecimiento. El hombre se convirtió en centauro y el mendigo en un ángel vestido con un hermoso traje azul oscuro de mil botones. Desapareció el agujero negro de la enseñanza, los cometas recogieron sus colas y viajaron lejos, mil estrellas recogieron una por una las motas de su polvo y unas tintas, se impregnaron en leyenda.  La lección estaba aprendida, el sueño dado y la fuente…La fuente, solo espera otra moneda.