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lunes, 7 de mayo de 2018

ANCIANA TERNURA.



                 Me sentí abrigado por colores y promesas, abrazado por cien Lunas y un millón de estrellas, mimado por un susurro que era más que viento y callado por un silencio que en su piel, sudaba la eternidad de un profundo deseo. Quise escucharlo, oí un lamento en su acorde más alto y el caminar de una extraña huella en su pentagrama más bajo, olí la aspereza de una escama que una arruga dibujaba y solo cerré los ojos cuando la primera lágrima, por su cara bajaba. Era pequeña, anciana, viejita y muy cansada. Sentada junto a mí, su cara enseñaba su hermosa alma, sus dedos apretaban mientras sus manos entrelazaban, sus piecitos se juntaban y entre negras medias deshilachadas, sus piernas de frío temblaban.
                 La gran urbe perversa se mostraba, el metro viajaba, cuerpos hechos de nada se movían buscando su parada, unos hablaban, otros empujaban, nadie sonreía, la puerta se abría y las palabras se perdían, entre unas vías que solo su aliento rechinaban. Olores confundidos, sabores agrios, sentimientos perdidos, latidos vacíos y algún que otro mal nacido exhibiendo sus gritos.  Dedos robotizados a teléfonos pegados, auriculares en lo más alto a sus oídos adosados, miradas cruzadas que nada preguntaban y esa ternura hecha de mujer, solo miraba.
                  De tanto en tanto con un pequeño pañuelo sus ojitos secaba, no quería que aquella bendita agua sus arrugas llenara, no prestaría su tristeza al juicio de aquella manada y con disimulo escondía su carita, en una triste y gris bufanda. La miré, creí que era la hora para ponerse de pie, le ofrecí mi mano, la tomó, de ella no se agarró, solo la miró y de mis ojos se adueñó. Su pensamiento algo en mi movió, era tanta la tristeza que en mis gafas una emoción se empañó, puse mi otra mano encima de la suya y aquel frío me sobrecogió. En su regazo estaban las líneas de mi destino, en mi vientre se estremecían los intestinos y en su mirada entendí que la profunda soledad no tenía edad, que esta sociedad en el abandono basaba su egoísmo y falsa solidaridad y que más allá de esta vida, seguro un maravilloso paraíso, Alguien le tendría que dar. Me leyó y una atrevida sonrisa pintó, por sus delgados y secos labios susurró, me acerqué y un pequeño verso recitó y mi alma lloró, lloró y lloró, se anudó mi garganta, la saliva no pasó, mi quijada tembló y cuando mi corazón comprendió, de su boca un beso me tatuó. El puro amor alucinó porque desde la más perfecta ternura alguien le habló, desde la sublime experiencia de un alma anciana y perfecta le dijo que ahí estaba ella, de pie, siempre dispuesta, con una lágrima puesta y mirando de frente a una vida que por temida, ya le era impuesta. ¡Si! Le tuvo que explicar al amor que la ternura era ella, que palabra solo había una y que ese corto verso, el que esto escribe, jamás lo olvidará: “Gracias”.
                  Dedicado con todo mi amor a mi ancianita ternurita que hoy en mi viaje de metro me acompañó y yo también le digo: “Gracias”.


   

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